miércoles, 22 de febrero de 2012

Darwin vs Blavatsky: El hombre no desciende del mono.


Es verdaderamente extraño que de la más científica de las autoridades sea de donde haya emanado la más anticientífica de todas las teorías sobre el asunto del Origen del Hombre. Es evidente, sobre todo con arreglo a los principios más fundamentales del darwinismo, que un ser organizado no puede descender de otro cuyo desarrollo esté en un orden inverso al suyo. Por consiguiente, con arreglo a estos principios, no puede considerarse al hombre como descendiente de ningún tipo simio.
Todo grupo de organismos tiende a multiplicarse más allá de los medios de subsistencia; la batalla constante de la vida -la “lucha para obtener lo bastante para comer y escapar de  ser comido”, añadida a las condiciones circundantes- necesita una perpetua extirpación de los ineptos. Los selectos de cada agrupación, que de este modo permanecen, propagan las especies y transmiten sus características orgánicas a sus descendientes. Todas las variaciones útiles se perpetúan de esta manera, y se efectúa una mejora progresiva. ¿Qué CAUSA, combinada con otras causas secundarias, produce las “variaciones” en los organismos? Muchas de estas causas secundarias son puramente físicas, climatológicas, de alimentación, etc. Muy bien. Pero más allá de los aspectos secundarios de la evolución orgánica, hay que buscar un principio más profundo. Las “variaciones espontáneas” y las “divergencias accidentales” de los materialistas son términos contradictorios, en un universo de “Materia, Fuerza y NECESIDAD”. La mera variabilidad del tipo, sin la presencia inspeccionadora de un impulso casi inteligente, no puede explicar, por ejemplo, las complejidades estupendas y las maravillas del cuerpo humano. La insuficiencia de la teoría mecánica de los darwinistas ha sido detalladamente expuesta por el Dr. Von Hartmann, entre otros pensadores puramente negativos. El escribir, como lo hace Haeckel, de células ciegas indiferentes, “ordenándose a sí mismas en órganos”, es abusar de la inteligencia del lector.
El darwinismo sólo descubre la Evolución en su punto medio, es decir, cuando la evolución astral ha sido reemplazada por el funcionamiento de las fuerzas físicas ordinarias conocidas por nuestros actuales sentidos. Pero la teoría darwinista, hasta en este punto, aun con los “desarrollos” que últimamente se han intentado, no puede hacer frente a los hechos que el caso presenta. La causa que yace en el fondo de la variación fisiológica de las especies -a la cual todas las otras leyes están subordinadas y son secundarias- es una inteligencia subconsciente que penetra la materia, y que en último término es una REFLEXIÓN de la sabiduría Divina y Dhyân-Chohánica. Un pensador tan conocido como Ed. von Hartmann ha llegado a una conclusión parecida, pues desesperando de la eficacia de la Selección Natural no ayudada, considera a la Evolución como inteligentemente guiada por lo INCONSCIENTE - el Logos Cósmico del Ocultismo. Pero este último actúa sólo empleando como medio a FOHAT, o sea la energía Dhyân Chohánica.
Darwin coloca en el lugar de una fuerza creativa consciente, construyendo y ordenando los cuerpos orgánicos de los animales y plantas con arreglo a un plan designado, una serie de fuerzas naturales operando ciegamente (según nosotros decimos) sin fin y sin designio. En lugar de un acto arbitrario de operación, tenemos una ley de Evolución necesaria... (también la tenían Manu y Kapila, y, al mismo tiempo, Poderes directores conscientes e inteligentes). Darwin, muy sabiamente había dejado a un lado la cuestión de la primera aparición de la vida.

La forma más elevada es la que contiene la explicación completa de la más ínfima, nunca lo contrario.



La teoría de Haeckel de que “el lenguaje surgió gradualmente de algunos simples y rudos sonidos animales”, visto que tal “lenguaje aún permanece entre unas pocas razas del rango más ínfimo”, es por completo incorrecto, según arguye el profesor Max Müller entre otros. Sostiene él que aún no se ha dado explicación plausible alguna de cómo vinieron a la existencia las “raíces” del lenguaje. Para el lenguaje humano se requiere un cerebro humano. Y las cifras que relacionan el tamaño de los cerebros respectivos del hombre y del mono muestran cuán profundo es el abismo que separa a los dos. Vogt dice que el cerebro del mono más grande, el gorila, no mide más que 30’51 pulgadas cúbicas; al paso que el término medio del cerebro de los indígenas australianos de cabeza achatada -la más inferior, actualmente, de las razas humanas- llega a 99’35 pulgadas cúbicas! Los números son testigos rudos, y no saben mentir. Por consiguiente, como observó con verdad el doctor F. Pfaff, cuyas premisas son tan sanas y correctas como necias sus conclusiones bíblicas: El cerebro de los monos más parecidos al hombre no llega a la tercera parte del cerebro de los hombres de las razas más inferiores: no es la mitad del tamaño del cerebro de un recién nacido.

Por lo anterior es, pues, muy fácil de ver que para probar las teorías Huxley-Haeckelianas de la ascendencia del hombre, no es uno, sino un gran número de “eslabones perdidos” -una verdadera escala de progresivos peldaños evolucionarios- que tendrían primeramente que encontrarse y luego ser presentados por la Ciencia a la presente humanidad pensante y razonadora, antes de que ella abandonase su creencia en los Dioses y en el Alma inmortal, para rendir culto a los antecesores cuadrúmanos.

La teoría de Darwin las transmutaciones no tienen lugar ni por la casualidad ni en todas las direcciones. Son ellas regidas por ciertas leyes debidas a la organización misma. Si un organismo se modifica una vez en una dirección dada, puede sufrir cambios secundarios o terciarios; pero conservará la impresión del original. Dos seres pertenecientes a dos tipos distintos pueden referirse a un antecesor común, pero el uno no puede ser descendiente del otro. Ahora bien; el hombre y el mono presentan un contraste muy sorprendente por lo que respecta al tipo. Sus órganos corresponden casi exactamente término por término; pero estos órganos están arreglados bajo un plan muy distinto. En el hombre están ordenados de modo que es esencialmente un andador, mientras que en el mono necesitan que sea un trepador... Hay aquí una diferencia anatómica y mecánica. La consecuencia de estos hechos, desde el punto de vista de la aplicación lógica de la ley de las caracterizaciones permanentes, es que el hombre no puede descender de un antecesor ya caracterizado como mono, como no puede descender un mono catarrino sin cola, de un catarrino con ella. Un animal caminante no puede descender de uno trepador. Esto fue claramente comprendido por Vogt.
 Al colocar al hombre entre los primates, declara él sin vacilar que las clases más ínfimas de los monos han pasado el jalón (el antecesor común) de que han partido y divergido los diferentes tipos de familia. (A este antecesor de los monos lo ve la Ciencia Oculta en el grupo humano más inferior durante el período Atlante, como se ha indicado). Debemos pues, colocar el origen del hombre más allá del último mono (lo que corrobora nuestra doctrina), si queremos adherirnos a una  de las leyes más estrictamente necesarias a la teoría darwiniana.

Sin  embargo, tenemos una cosa en común con la escuela darwinista, y es la ley de la evolución gradual y extremadamente lenta, abarcando muchos millones de años. El pleito principal, según parece, está en lo que se refiere a la naturaleza del “antecesor” primitivo. Se nos dirá que el Dhyân Chohan, o el “progenitor” del Manu, es un ser hipotético desconocido en el plano físico. Contestamos que toda la Antigüedad creía en él, y que hoy creen las nueve décimas partes de la humanidad presente; mientras que no sólo es el hombre pitecoide u hombre-mono un ser puramente hipotético de la creación de Haeckel, desconocido e incontrable en esta Tierra, sino que además su genealogía -según él la ha inventado- choca con los hechos científicos, y con todos los datos conocidos de los descubrimientos modernos de la Zoología. Es sencillamente un absurdo, aun como ficción. Según demuestra De Quatrefages en pocas palabras, Haeckel “admite la existencia de un hombre pitecoide absolutamente teórico” - cien veces más difícil de aceptar que cualquier antecesor Deva. Y no es éste el único ejemplo en que procede de un modo semejante, a fin de completar su cuadro genealógico. En una palabra: él mismo admite su invención cándidamente; pues confiesa la no existencia de su Sozura (estado catorce) - un ser completamente desconocido para la Ciencia - al confesar bajo su propia firma que: La prueba de su existencia se funda en la necesidad de un tipo intermedio entre los estados trece y catorce.

¿Cuáles son esas pruebas decisivas de la descendencia del hombre de un antecesor pitecoide? Si la teoría darwinista no es la verdadera, se nos dice; si el hombre y el mono no descienden de un antecesor común, entonces tenemos que explicar la razón de:
            I. La semejanza de estructura entre los dos; el hecho de que el mundo animal superior -el hombre y la bestia- sea físicamente de un tipo o modelo.
            II. La presencia de órganos rudimentarios en el hombre, esto es, rastros de órganos anteriores, ahora atrofiados por falta de uso. Algunos de estos órganos, se asegura, no hubieran tenido ningún objeto, excepto en un monstruo semianimal, semiarbóreo. ¿Por qué, además, encontramos en el hombre esos órganos “rudimentarios” -tan inútiles como inútil es el ala rudimentaria al aptérix de Australia-, el apéndice vermiforme del caecum, los músculos de los oídos, la “cola rudimentaria”, con la cual nacen todavía algunos niños, etc.?



           
Entre las criaturas existentes no hay una sola forma intermedia que pueda llenar el vacío que existe entre el hombre y el mono. Ignorar este vacío, añadía, “sería tan injusto como absurdo”.
Finalmente, lo absurdo de semejante descendencia antinatural del hombre es tan palpable, en vista de todas las pruebas y testimonios que resultan de la comparación del cráneo del pitecoide con el del hombre, que De Quatrefages acudió inconscientemente a nuestra teoría esotérica, diciendo que más bien son los monos los que pueden pretender su descendencia del hombre, que no lo contrario. Según Gratiolet ha probado, respecto de las cavidades del cerebro de los antropoides -en cuyas especies se desarrolla este órgano en razón inversa a lo que sucedería si los órganos correspondientes en el hombre fueran realmente producto del desarrollo de tales órganos en el mono-, el tamaño del cráneo humano y de su cerebro, así como las cavidades, aumentan con el desarrollo individual del hombre. Su inteligencia se desarrolla y aumenta con la edad, al paso que sus huesos faciales y quijadas disminuyen y se fortalecen, haciéndose así más y más espiritual, mientras que con el mono sucede lo contrario. En su juventud, el antropoide es mucho más inteligente y bueno, al paso que con la edad se hace más obtuso; y, a medida que su cráneo retrocede y parece disminuir, según va creciendo, sus huesos faciales y quijadas se desarrollan, y el cráneo se aplasta finalmente y se echa por completo atrás, marcándose cada día más el tipo animal. El órgano del pensamiento, el cerebro, retrocede y disminuye, completamente dominado y reemplazado por el de la fiera, el aparato de las quijadas.
Debido al tipo mismo de su desarrollo, el hombre no puede descender ni del mono ni de un antecesor común al mono y al hombre, sino que indica que su origen es de un tipo muy superior a él mismo. Y este tipo es el “Hombre Celeste”; los Dyân Chohans, o los llamados Pitris, según se ha manifestado en la Parte I del volumen III. Por otra parte, el pitecoide, el orangután, el gorila y el chimpancé, pueden, como la Ciencia Oculta lo enseña, descender de la Cuarta Raza-Raíz humana animalizada, siendo un producto del hombre y de especies de mamíferos ya extinguidas -cuyos remotos antecesores eran, a su vez, producto de la bestialidad lemura- y que vivían en el período Mioceno. La ascendencia de este monstruo semi-humano se explica en las Estancias como teniendo origen en el pecado de las razas “sin mente”, en el período medio de la Tercera Raza.
           
Lo mismo acontece con la importante cuestión de los órganos “rudimentarios” descubiertos por los anatómicos en el organismo humano. Indudablemente, esta clase de argumentación, manejada por Darwin y Haeckel contra sus adversarios europeos, resultó de gran peso. Los antropólogos, que se atrevieron a disputar la derivación del hombre de antecesores animales, se encontraron totalmente embarazados para explicar la presencia de agallas, el problema de la “cola”, etc. En este punto también viene el Ocultismo en nuestro apoyo, con los informes necesarios.
El hecho es que, según se ha dicho ya, el tipo humano es el repertorio de todas las formas orgánicas potenciales y el punto central de donde éstas irradian. En este postulado encontramos una verdadera “evolución” o “desenvolvimiento”, en un sentido que no puede decirse que pertenezca a la teoría mecánica de la Selección Natural. Criticando las deducciones de Darwin de los “rudimentos”, un hábil escritor observa:

¿Por qué no ha de tener la misma probabilidad de ser una hipótesis verdadera el suponer que el hombre fue primeramente creado con esas señales rudimentarias en su organización, las cuales se convirtieron en apéndices útiles en los animales inferiores en que el hombre degeneró, como suponer que estas partes existían en completo desarrollo, actividad y uso práctico en los animales inferiores de los cuales fue generado el hombre?.

Léase en lugar de “en los cuales el hombre degeneró”, “los prototipos que el hombre esparció, en el curso de sus desenvolvimientos astrales”, y tendremos ante nosotros un aspecto de la verdadera solución esotérica. Pero ahora vamos a formular una generalización más amplia.
En lo que concierne a nuestro presente período terrestre de la Cuarta Ronda, sólo la fauna mamífera puede considerarse originada de los prototipos desprendidos del Hombre. Los anfibios, los pájaros, reptiles, peces, etcétera, son los resultados de la Tercera Ronda, formas astrales fósiles, almacenadas en la cubierta áurica de la Tierra, y proyectadas en objetividad física, subsiguientemente a la deposición de las primeras rocas laurenianas. La “Evolución” tiene efecto en las modificaciones progresivas que la Paleontología muestra que han afectado a los reinos inferiores, animal y vegetal, en el curso del tiempo geológico. No toca, ni puede tocar, por la misma naturaleza de las cosas, al asunto de los tipos prefísicos que sirvieron de base a la futura diferenciación. Puede, seguramente, determinar las leyes generales que dirigen el desarrollo de los organismos físicos; y, hasta cierto punto, ha desempeñado hábilmente la tarea.
Los mamíferos cuyos primeros rastros se descubren en los marsupiales de las rocas triásicas de la época Secundaria, fueron evolucionados de progenitores puramente astrales, contemporáneos de la Segunda Raza. Son, pues, posthumanos, y, por consiguiente, es fácil explicarse la semejanza general entre sus estados embrionarios y los del Hombre, quien necesariamente encierra en sí y compendia en su desarrollo los rasgos del grupo que originó. Esta explicación desecha una parte del epítome darwinista.
Pero ¿cómo explicar la presencia de las agallas en el feto humano, las cuales representan el estado por el cual pasan en su desarrollo las branquias del pez; el vaso palpitante que corresponde al corazón de los peces inferiores y el cual constituye el corazón del feto; la completa analogía que presenta la segmentación del óvulo humano, la formación del blastodermo y la aparición del estado “gástrula” con estados correspondientes de la vida vertebrada inferior y aun entre las esponjas; los diversos tipos de la vida animal inferior que la forma del futuro niño delinea en el ciclo de su crecimiento?... ¿Cómo es que sucede que ciertos estados de la vida de los peces, cuyos antecesores nadaron (evos antes de la época de la Primera Raza) en los mares del período Siluriano, así como también estados de la fauna anfibia y reptil posterior, se reflejen en la “historia compendiada” del desarrollo del feto humano?
Esta objeción plausible es contestada con la explicación de que las formas animales terrestres de la Tercera Ronda se referían tanto a los tipos plasmados por el Hombre de la Tercera Ronda, como esa nueva importación en el área de nuestro planeta -el tronco mamífero- se refiere a la Humanidad de la Segunda Raza-Raíz de la Cuarta Ronda. El proceso del desarrollo del feto humano compendia, no sólo las características generales de la vida terrestre de la Cuarta Ronda, sino también las de la Tercera. El diapasón del tipo es recorrido en compendio. Los Ocultistas, pues, no se ven apurados para “explicarse” el nacimiento de niños con un verdadero apéndice caudal, o el hecho de que la cola en el feto humano sea, en cierto período, de doble tamaño que las nacientes piernas. La potencialidad de todos los órganos útiles a la vida animal está encerrada en el Hombre -el Microcosmo del Macrocosmo- y con alguna frecuencia condiciones anormales pueden dar por resultado los extraños fenómenos que los darwinistas consideran como una “reversión a rasgos de antecesores”. Reversión, verdaderamente; pero no en el sentido que suponen nuestros empíricos de hoy. 
Tomado de la Doctrina Secreta de HPB, Vol. 4





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